Planeando lo inesperado.

Me gusta contar historias. Para mis amigos soy a veces una abuela cebolleta que se repite, pero es que si la historia me parece interesante, soy capaz de contarla una y mil veces y, probablemente, en cada repetición oigas detalles distintos.

Considero que la historia que os traigo hoy merece ser bien contada, por lo que me he ataviado con mis mejores galas de domingo (pijama y gafotas) y me he acomodado bien en mi guarida, ¿preparados? Vamos allá.

Fuente: laguaridadelaescritora.
Fuente: laguaridadelaescritora.

Hace unos meses, con motivo de mi cumpleaños, comencé a hacer planes con mi familia para visitar Londres unos días. La idea era que el regalo fuera ese viaje. Creo que lo realmente importante en la vida son las experiencias que te hacen precisamente vivirla, así que eso sería muchísimo mejor que cualquier obsequio material.

Finalmente, entre una cosa y otra que fue sucediendo, el tema del viaje se postergó y la fecha se echó tan encima que hubo que cancelarlo porque saldría muy caro.

Sorprendentemente, como todo lo que me pasa a mí desde hace un tiempo, hablando con un viejo amigo sobre mi inminente incorporación al mercado laboral (lo digo así porque suena más rimbombante) me dijo que en cuanto empezara a cobrar podría ir a visitarle al sur de Inglaterra, donde está viviendo actualmente. Comencé mi discurso quejándome de que cuando uno tiene tiempo, no tiene dinero y que cuando tiene dinero no tiene tiempo y…zas. La bombillita en la cabeza. ¿Y si aprovechaba la última semana antes de empezar a trabajar para irme?

Y así lo hice. Hablé con mi familia y gracias a su ayuda, con una semana de antelación saqué el billete para mí sola y allá que me fui. Mi amigo, sus amigos y su casa me recibieron con los brazos abiertos para vivir una de las mejores experiencias de mi vida.

Era la primera vez que volaba sola, sin que nadie me guiara por los aeropuertos, sin nadie que hablara por mí el idioma del lugar y, sinceramente, ¡ha sido algo de lo más alucinante el descubrir que puedo hacer cosas sola! No os riáis, por favor, pero es que estoy en ese momento de éxtasis en el que empiezas a ver que eres un individuo separado de tus padres. Conlleva un montón de responsabilidades esto de crecer, pero las ventajas también son muchas.

Total, mi primera toma de contacto con el país anglosajón fue totalmente catastrófica. El vuelo llegó tarde, yo debía conectar con un autobús que perdí, me confundí en la cola para pasar el control de pasaporte…En fin, se me fueron unas 2 horas y media en el aeropuerto que ocupé avisando a mi amigo que me fuera a buscar más tarde a la estación de autobuses, viendo las revistas y periódicos de los kioskos y alucinando con la alimentación envasada que hay en todas las cafeterías y bares del país, me atrevería a decir.

Lo más increíble quizás fue mi reacción. Ante una situación descontrolada en la que no podía modificar nada (ojalá hubiera sabido cómo hacer despegar el avión a su hora) actué con tranquilidad y feliz. ¡Por fin estaba allí! Resolví lo que pude (cambio de billete de autobús, llamadas desde un payphone sin saber tan siquiera de qué valor eran las monedas que tenía en la mano…) y esperé paciente el resto de acontecimientos…y es que esperar pacientemente en Inglaterra es posible. Algo que me llamó muchísimo la atención fue el silencio. Son increíblemente silenciosos, respetuosos y amables allí (“have a lovely day!” – te dicen siempre). Otras cosas que me sorprendieron fueron las paradas de autobús mirando hacia dentro y no hacia la calle, conducir por el carril izquierdo, las costumbres alimenticias y, sobre todo, la luz del sol. Nunca tan alto como aquí. Da un leve calor e ilumina de una forma tan agradable…

Quizás lo más agradable fue la vida Erasmus que me pegué. Vivir en una casa de estudiantes, con gente de países distintos, con otras costumbres, hobbies e idiomas y todos unidos por lo mismo: ganas de tener una experiencia en otro país. No tengo palabras para describir lo que ese terremoto de emociones y vivencias (rutas de senderismo, tomar el té de las 5 en Londres, viajar en tren por el sur del país, paseos nocturnos por la costa, ir a discotecas en las que suena Queen…) significó para mí. Si bien llevaba mucho tiempo queriendo hacer este viaje, nunca pensé que se daría en estas circunstancias. En tan solo cinco días me ayudó a cambiar el chip, a ver la vida desde otra perspectiva y a apreciar todavía más la relación que tengo con mi amigo. Nos reíamos pensando en cómo nos habíamos conocido y hasta donde habíamos llegado juntos, de lo mucho que habíamos cambiado.

Y por este motivo en mi anterior entrada os decía que abandonaba la guarida para escribir mi siguiente entrada. Espero no haberos aburrido mucho con mis historietas.

¡Qué tengáis un buen comienzo de semana y a disfrutar de lo que queda de domingo!

M.

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