792.

En el trabajo, cuando entra un caso, siempre se le asigna un código numérico. Nada nuevo, lo sé.

He perdido la cuenta ya del número de casos que he resuelto, pero el correspondiente al 792 ha sido el primero con el que me he sentido realmente satisfecha. La clave para este pequeño gran éxito personal fue el sentimiento de trabajo en equipo. Básicamente, el no estar sola ante el peligro. No sé si lo he dicho ya, pero un buen ambiente de trabajo es casi más importante que el empleo en sí. El 792 lo resolvimos entre un compañero y yo, y lo mejor es que todo empezó por una pequeña observación en el momento adecuado. Tras una semana de rendimiento laboral casi nulo, no por mí, sino porque no entraba nada, apareció el 792. Sumergida en mi mal humor y depresión por no sentirme útil, empecé a ojearlo sin ganas y…allí estaba, un pequeño detalle que nadie había observado, esperándome. Di la voz de alarma y a partir de ahí vinieron los reconocimientos: “buen trabajo”, “bien cazado”, “a este paso me quitas el puesto”…

¡Me sentí tan bien! Y por eso me he dado cuenta de que la felicidad viene dada por pequeñas cosas, tan pequeñas como el 792.

Así que hoy os traigo una lista (adoro las listas) con las rareces, porque no se les puede llamar de otra manera, que me hacen feliz. Así de simple.

Voy a empezar por una de las fuertes, al menos una de las cosas que creo que muy poca gente debe disfrutar tanto como yo. Quizás un niño, porque desde luego una adulta no. Me encanta viajar en Metro. No es nada del otro mundo, lo sé. Pero para mí esos segunditos entre que el teleindicador avisa que el tren va a efectuar su entrada en la estación, se ve la luz acercándose por el túnel, de golpe entra el primer vagón, el maquinista con su cara de hartazgo, la gente agolpada con la esperanza de encontrar un sitio para sentarse y  el chispazo que se oye (en ocasiones hasta se ve) de las catenarias son…maravillosos. Se trata de una perfecta captura (o screenshot, en lenguaje de modernillo) de la vida cotidiana de una gran ciudad.

Y así como me encanta el Metro, también me relaja soberanamente viajar en coche. Los trayectos de hasta una hora me hacen muy feliz. Si son con música y de noche mejor todavía.

Dejando un poco de lado los transportes, ahora que tengo la suerte o la desgracia (según se mire) de pasar bastante tiempo sola, he descubierto que me encanta ir por la calle con mis auriculares y hacer que estoy protagonizando un videoclip. Si fuera acompañada no podría darme este gran lujo. A veces hasta hago lip singing

Por otro lado, la comida de madre es algo que en esta etapa de estudiante-trabajadora estoy empezando a echar de menos, así que cuando consigo dar con algún bar/restaurante/panadería que me recuerda lo más mínimo a cocina de mi madre o algo que solía comer durante mi infancia, el primer bocado me sabe a gloria. Ya no hablemos de cuando por fin como un plato hecho por mi mamá (todavía conservo bastante mi lado infantil).

Hay una sensación que hacía tiempo no experimentaba ¡y ahora que la he redescubierto no quiero volver a perderla! ¿Sabéis cuando algo te hace tanta gracia que aunque intentes controlarlo no puedes? Esa carcajada que explota aunque la situación no sea la idónea, aunque intentes reprimirla pero no le importa, ella sale y se muestra al mundo tal y como es, alegre, sin mesura. Esas sonrisas que no puedes quitarte de la cara aunque te duela la mandíbula. Es realmente algo estupendo.

Ya veis. Salgo bastante económica para esto de la felicidad.

Y ya por último, pero no por ello menos importante, ¡me gusta mucho preparar estas entradas! Aunque se lean en apenas cinco minutos,  a mí me cuestan aproximadamente una hora. Sin sumarle a ello el tiempo que tarda en venir a mi cabeza una idea-resumen de lo que quiero contar. Disfruto del proceso de escribirlas, releerlas, colocar los párrafos de otra manera, hacer que quede todo lo más claro posible con respecto a lo que en mi cabeza estoy queriendo decir…En general, me gusta crear contenido e intento que siempre sea de buena calidad (según mis estándares, claro. Como dice mi padre: “sobre gustos no hay nada escrito”).

¡Buenas noches y feliz  (fin de) semana!

M.

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