La zona de confort.

¡Hoy me he escapado de la guarida! Estoy sentada en la biblioteca de mi facultad ante dos ventanales gigantes. Entre ambos han puesto a modo de decoración una lámina de Van Gogh, nunca me había fijado en ella, pero qué relajantes son las curvas de sus pinturas, ¿verdad? Para darle un toque más bucólico (si es posible) a esta mañana nublada de escritura, me he puesto a escuchar el Save me from myself de Christina Aguilera. Y así, rodeada de libros y en la soledad de mis auriculares estoy disfrutando del mejor momento de mi semana…

Es extraña la sensación que tengo cuando vengo aquí. Hasta hace dos días como quien dice, la facultad era mi segunda casa. Había días que incluso pasaba más horas aquí dentro con mi carpeta cargada hasta arriba, portátil en mochila, libros, subrayadores, amores…

Desde principios de año sólo vengo un día a la semana. Los compañeros con los que hasta entonces compartía asignaturas ya no coinciden conmigo, así que los viernes son días de silencio. Vengo a clase, tomo apuntes, entrego prácticas, me paso un rato por la biblioteca con aires de nostálgica y recuerdo cosas como si hubieran pasado hace siglos. Este ya no es mi lugar. En parte me alegra cerrar esta etapa, como ya dije, uno de mis propósitos para este año era precisamente terminar la carrera…pero…¿por qué esta tristeza?

Hacía mucho tiempo que no me despedía de nada ni de nadie. Y cada semana que pasa estoy más cerca de decirle adiós a este edificio en el que he vivido tanto…de decirle adiós a mi etapa como estudiante. Conociéndome es más que probable que vuelva a estudiar, ¡es algo que me encanta! Pero ya no va a ser de la misma manera. Desde la infancia hasta que terminas la universidad todo es “obligatorio”, como quien dice. El estudio, la formación es tu prioridad. Una vez terminado eso, el trabajo, la familia, los viajes, otros asuntos más “adultos” pasan a ocupar tu cabeza y creces. 

Y toda esta reflexión tan profunda (de loca casi) que traigo hoy viene motivada porque uno de mis compañeros de trabajo (los cuales ya son prácticamente mi familia) ha decidido dejar la empresa. Ha encontrado un proyecto que se adapta mejor a lo que necesita ahora mismo y se va. A él le damos la enhorabuena, le deseamos suerte (aun sabiendo que no la necesita porque es un profesional de diez) y le decimos que le echaremos de menos…entre nosotros en cambio comentamos lo tristes que nos deja que se vaya. Mi zona de confort, mi cajita de cartón perfecta y cuadradita donde trabajamos todos juntos se ha movido de sitio, alguien la está sacudiendo y no puedo hacer nada. Él se va, a otros los trasladan de oficina y a mí no me queda otra que asumir nuevas funciones para las que no sé si estoy del todo preparada, pero a quién le importa, si no lo estoy, tendré que estarlo.

Mi facultad, mi oficina, en definitiva, los lugares donde me siento libre para ser yo misma están cambiando y me cuesta afrontarlo. Sé que una vez que se hayan tranquilizado las cosas, es decir, una vez que haya terminado definitivamente la carrera, una vez que mi compañero se vaya, que el resto se trasladen y que empiece la nueva etapa, seré la primera en volver a la rutina…pero por ahora me siento triste, impotente y asustada. Asustada por las nuevas funciones que tendré que afrontar, asustada porque “la vida de estudiante” llega a su fin, asustada porque no veo el fondo de la piscina a la que me estoy tirando…pero con muchas ganas de nadar.

zona_de_confort_y_magia11

M.

 

 

 

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