Si el cuerpo te pide hacer algo es por alguna razón, hazle un poco de caso.

Estoy sacando tiempo de donde no lo tengo para escribir esta entrada, pero es que tengo la necesidad imperiosa de hacerlo.

La semana pasada y esta (ojo que sólo estamos a martes) están siendo muy duras emocionalmente hablando. Quizás si te cuento lo que me pasa te parezca una tontería, pero para mí, todo lo que implica emoción resulta demasiado difícil de llevar. No soy una persona emocional, intento todo procesarlo como si de un ordenador se tratase. Estoy empezando a darme cuenta de que no funciona así.

El viernes pasado empecé a escribir una entrada sobre esto, pero estaba en un lugar sin Internet y no la subí, voy a recuperar parte del texto porque la verdad es que me apetecía contarlo:

Escribo estas líneas desde un intercambiador. Para los que no sepáis lo que es, se trata de un lugar en el que se juntan varias líneas de metro, autobús y en ocasiones hasta de tren. Suelen estar bajo tierra y tienen algo que me atrapa. No me preguntéis el qué, porque no lo sé. Todos los días paso por aquí de camino al trabajo y salto del metro para meterme en un bus, pero hoy, que voy con algo más de tiempo, me he sentado a comer con mi portátil, viendo a la gente ir y venir: algunos corren porque no llegan al trabajo (o eso me imagino yo), otros vuelven del cole y otros…otros llevan maletas. Probablemente eso sea lo que me atrapa de estos lugares, al igual que de los aeropuertos y estaciones de tren. Me encanta esa adrenalina del reencuentro, de la despedida, del cambio, el constante movimiento de las personas.

Hoy se cumplen 14 años desde que pisé  España por primera vez. A día de hoy ya no sé de dónde soy. Me siento “un puntito perdido en el espacio”, como diría un amigo. Pero debo añadir que me gusta estar perdida. Me gusta vagabundear por el mundo. Si bien desde esa fecha no he vuelto a cambiar de país, sí que me he movido de ciudad…y más de una vez.

La vida del emigrante (aunque soy más de decir inmigrante porque es como verlo por el lado positivo) es dura, no voy a mentir, dejas de lado a la gente que quieres, tus lugares, tus comidas, tus olores, incluso a veces hasta tu idioma…y todo eso a cambio de lo desconocido. Pero es precisamente ahí dónde reside su gracia, emigrar te permite entregarte a lo desconocido para conocer otras formas de vivir, otras formas de relacionarse…Es muy enriquecedor. 

chica-maleta

No seguí escribiendo porque tenía que pegarme una carrera hasta el autobús, pero es sorprendente como la M de hace a penas unos días puede ayudar a la de hoy. En este momento necesito dar un paso adelante, atreverme con cosas nuevas y tengo miedo, mucho. No sé si tirarme a la piscina o quedarme tomando el sol aunque me muera de calor. ¡Con lo divertida que parece la piscina!

¿Algún miedoso que se haya atrevido por aquí? Gracias…

M.

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