Tomar decisiones.

Se ve que yo los fines de semana me pongo intensa. A este paso hago como los youtubers y suelto un eslogan del tipo “¡nueva reflexión cada domingo!” Otra de mis teorías es que tengo por ahí un botecito de cristal (sí, no sé por qué me lo imagino de cristal) lleno de emociones, y cuando se rebasa vengo por aquí a vaciarlo.

En fin, estupideces a parte, ¡hola de nuevo! Cuánto tiempo sin pasarme por aquí…Empecé a escribir esta entrada un domingo, ni siquiera el anterior, y todavía no la he publicado. Vengo, me siento, escribo un poquito, borro otro tanto y la guardo en borradores hasta el infinito. Hoy he dicho basta, así que vengo a hablar del tema principal en mi cabeza desde hace un mes…o quizás de toda mi vida: la toma de decisiones.

Siempre lo digo, soy indecisa, pero cuando por fin elijo algo, voy con ello a muerte. O no.

Estoy creciendo. En parte estoy aquí porque quería retratar ese crecimiento, ayudarme a mí misma y a los que me leéis a verlo y a darme cuenta de lo que aprendo (que no es poco). Y he acabado por descubrir que crecer es precisamente eso, tomar decisiones. Nos quejamos de que nuestros padres las tomen por nosotros cuando somos más jóvenes, y llega un punto, o al menos a mí me ha llegado, en el que me encantaría que alguien tuviera las respuestas a mis dudas, que alguien supiera qué es lo mejor para mí y, oh sorpresa, resulta que la única persona que tiene la respuesta correcta soy yo.

No soy impulsiva, no me guío por corazonadas, a todo le doy mil vueltas. Y si esas primeras mil no fueron suficientes, le doy otras mil más. No os hacéis una idea de lo complicado que puede ser decidir algo cuando eres tan meticuloso. Esto último me hace gracia porque es precisamente lo que me hace perfecta para mi trabajo. Algún día os hablaré de a qué me dedico, pero por ahora, quedémonos con que aplico la misma lógica de razonamiento que me sirve en el trabajo para la vida y esto no puede ser, M. No sé cuándo va a llegar el día en el que me permita sentir, ser más impulsiva, dejarme llevar

Hay decisiones simples, rápidas, el corazón habla y si sabes escucharle, reaccionas. Mi profesora de autoescuela dice que las personas conducimos como lo que somos, y que yo conduzco como una indecisa. Tiene razón, soy incapaz de oír lo que me pide el cuerpo, y a veces creo que lo oigo pero prefiero ignorarlo.

Me encuentro en una encrucijada inexistente, yo la he creado y yo tengo que salir de ella. Tengo que sentarme, “meditar” y elegir, pero creo que ya he pensado taaaaaaaaaanto sobre el tema que ya casi hasta me genera cansancio físico. He tratado toda mi vida, y lo sigo haciendo, de actuar de la manera correcta, de hacer lo que a mis padres les pareciera mejor (y ojo, no por exigencia de ellos, si no propia), de ser empática con los demás y no hacer nunca daño a nadie…¿y para qué? ¡Si la que se está haciendo daño soy yo! La que sufre con toda esta indecisión constante soy yo. Y lo único que consigo es alejar a las personas que me importan de esta manera porque, ¿quién quiere estar al lado de una indecisa que ni siquiera es capaz de expresar lo que quiere?

Estoy atada al miedo de perder a alguien, no quiero más despedidas, no quiero más movimiento…y aquí estoy, quieta e incapaz de cambiar la situación. De coger las riendas y de dejarme disfrutar, que también me lo merezco.

M.

 

 

 

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