Sacar el carnet de conducir (en España).

Sí amigos, sí. Alzad vuestras cervezas (con limón, bien fresquitas) en señal de victoria. ¡Brindemos todos juntos para celebrar que por fin tengo el carnet! Y aquellos que seáis suertudos, ¡brindad también porque nunca os cruzaréis conmigo por la carretera!

Ojo, que no es que sea yo una conductora temeraria (qué raro suena…conductora…), sino más bien indecisa y asustada, pero dicen por ahí que esos somos los peores. Así que voy a contaros cómo alguien como yo consiguió su permiso de conducir.

En primer lugar os pongo en situación: en España  – desconozco cómo funciona en otros países – para sacarte el carnet de conducir necesitas pasar dos pruebas: una teórica de 30 preguntas tipo test y otra práctica de unos 25 minutos circulando. Pero antes que nada, debemos elegir autoescuela. Yo me decanté por una pequeña empresa familiar de a penas cuatro empleados y que por mis locos horarios se adaptaba bastante bien. En cuanto al precio, obviamente no tenía nada que hacer frente a las grandes marcas que te ofrecen un sinfín de clases, descuentos, simuladores, tests y por poco unas vacaciones con todo incluido, pero a mí lo que me atrapa en este tipo de asuntos es el trato de la gente, y ya que podía permitirme poner unos eurillos de más, empecé mis clases teóricas allá por enero (como ya os dije, este era uno de mis propósitos del 2016 y me lo tomé con ganas). Ya que menciono el tema del dinero, mi primer consejo es que no os fijéis en la cabeza ideas del tipo: “cuanto menos gaste mejor”. Ojo, no se trata de tirar la casa por la ventana, sino de aprender a conducir, y eso a cada uno le lleva su tiempo, o lo que es lo mismo, su número de clases pagadas. Así que esperad a tener un buen dinero ahorrado antes de meteros en este viaje.

Una vez encontrada la autoescuela y asumido que nos vamos a dejar un buen porcentaje del sueldo en nuestro cometido, ya sólo queda empezar a preparar las pruebas que os comentaba. La teórica, que todo el mundo cataloga como “la fácil”, a mí me llevó cosa de dos meses prepararla. Llamadme loca, pero no me pareció tan fácil, quizás porque se trata de preguntas tan lógicas que podemos contestar sin pensar…y claro, yo me ponía a pensarlas y no daba pie con bola. Total, ya fuera de bromas, lo que a mí me ayudó fue asistir a las clases teóricas. La mayoría de la gente con la que hablaba del tema afirmaba no haber pisado la autoescuela hasta llegado el momento de hacer las prácticas, es decir, hacían tests desde casa mirando el libro (hoy en día hay Apps y hasta webs para ello, aquí os dejo una, por si tenéis curiosidad)  y en cuanto se sentían seguros, se presentaban a examen. En mi caso, el libro me parecía algo “infumable” (no me gusta nada esa expresión, pero aquí viene bien), así que iba a clase y me apuntaba los esquemas que hacía mi profesora, y a partir de eso, hacía tests siempre que tenía un momento. Los tests también me parecían algo muy pesado, pero llegó el día en el que empecé a tener menos fallos, y entre eso y mis ganas de cerrar ya esa etapa, me lancé al examen.

En mi ciudad, e imagino que debe ser similar en el resto de España, el examen se hace en papel y el resultado te lo entregan al día siguiente. Aprobé a la primera por suerte y con dos fallos, nadie es perfecto (no lo he mencionado antes, pero puedes tener hasta 3 errores y conseguir el APTO).

Dicho esto, si bien la prueba teórica no me pareció la más fácil del mundo (algunos compañeros me vacilaban diciendo que seguro que nunca había preparado un examen de la Universidad durante tanto tiempo), lo fuerte estaba por venir. Y es que nos creemos los amos de la carretera con nuestro APTO en el teórico y nos sientan en un coche, con sus tres espejos, tres pedales, volante y luces…y nos hacemos pequeñitos. Yo era completamente virgen en esa situación, y es que no contaba con la ventaja del coche de equis familiar del pueblo como muchos otros. Así que en cuanto descubrí que levantando un poquito el embrague aquello ya se movía sin pisar a fondo el acelerador como en las películas me quedé loca. Me movía a 16  km/h (sí, dieciséis exactamente) e iba diciendo: “¡estoy conduciendo!”. Pero seguramente más loca se estaría volviendo mi profesora. En resumen…desde aquella primera clase a menos de veinte por hora a la última que di, pasaron exactamente otras 49. No voy a multiplicarlas por el precio de una clase porque no quiero apagar la llama de mi alegría, pero esto es así, como os dije antes, a cada uno le cuesta lo suyo. Amigos míos lo sacaron con 15, 19, 42, 60…No es algo que podamos acotar. Lo que sí está en nuestra mano es no agobiarnos con el tiempo que nos lleve (de ahí la importancia de disponer de dinero, para no agobiarnos por eso también). Y aquí os dejo mi segundo consejo del día: intentad dar las clases lo más seguidas posible. La constancia es muy importante en esto, sobre todo en vuestras primeras prácticas. Yo por temas de horarios no podía dar más de tres por semana en un primer momento, y la curva de aprendizaje se hace muuuucho más lenta de esta manera.

A pesar de que esta entrada se está haciendo muy larga, creo que tenéis que seguir leyendo porque por fin llegamos al momento crítico de todo este proceso: el momento del examen práctico.

Yo me presenté en dos ocasiones. La primera de ellas, a la cual fui tan nerviosa que probablemente no recordaba ni mi nombre, le di un susto de muerte a un pobre ciclista que no tuvo mejor hora para salir a la calle. La segunda, el susto me lo llevé yo: resulta que la primera parte del examen es de conducción autónoma, es decir, el alumno elige a dónde ir y por dónde ir. Esto último es muy importante. Decidí ser la primera de los cuatro compañeros en examinarme, de esa forma me aseguraba salir del centro de exámenes, algo que tenía ya bastante ensayado, y dirigirme a una zona en la que me sintiera cómoda. Esa parte fue muy bien, de hecho, casi idéntica a una clase que había dado. Entonces llega la segunda parte, en la cual el examinador te dirige por las calles y en mi caso se entretuvo bastante, enviándome por autovía, vías de servicio, haciéndome girar “en la siguiente intersección”, que casualmente era de dirección prohibida, por tanto tenía que estar con mil ojos hasta la próxima…fue un examen muy completo, pero puedes darte con un canto en los dientes si oyes la frase “cuando pueda, busque un sitio para estacionar”. Muy mal tienes que hacerlo para no aprobar ese examen, o al menos, el examinador todavía no está completamente seguro de que no te vas a llevar la L. En mi primer examen no estacioné, así que cuando regresé al centro de exámenes ya tenía claro que esa había sido sólo la primera intentona.

Afortunadamente, después de media hora de idas y venidas viales y ojo, en el último día de agosto en el que se hacían exámenes, conseguí por fin mi ansiado cometido de obtener mi carnet. Seguramente se me olvide algo importante, porque tantos meses de preparación dan para mucho, pero como ya sabéis, estoy abierta a debate en los comentarios.

Ah, ¡si! Dato curioso: una vez que salgas de la autoescuela y uses un coche “normal” por primera vez, descubrirás…¡que todavía no sabes conducir!

M.

 

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