¿Y ahora qué?

El pasado martes, por fin, presenté mi proyecto en la Universidad, lo que me convierte, a efectos prácticos, ¡en ingeniera!

No os lo había contado hasta ahora porque me parecía más bonito leer La guarida de la escritora que La guarida de la ingeniera (que suena tan friki). Pero creo que ya va siendo un buen momento para decirlo, ¿no? 😀

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Libería maravillosa de Inverness cuyo nombre no recuerdo

Volviendo al martes…

A las 6 de la mañana estaba ya en pie repasando mi presentación. Sobre las 7 le escribía el primer mensaje del día a mi tutora, con quien en las últimas semanas llevaba un ritmo de comunicación que empezaba y terminaba a horas muy poco decentes.

A toro pasado, me pregunto si no estará ella más contenta que yo de que todo esto haya terminado.

El caso es que “para variar”, a las 8 dimos con un problema. En este proyecto todo fue siempre muy accidentado, pero pensé que a dos horas de la defensa estarían las cosas más bajo control.

Resulta que el proyector de la sala que teníamos asignada solo mostraba imágenes cuadradas mientras que nosotras habíamos preparado unas preciosas diapositivas rectangulares. Comenzó entonces la locura de cambiar el formato de la presentación para adaptarla al proyector…y quedaba ducharse y arreglarse, porque ojo, a las defensas hay que ir arreglada.

9:40 me encuentro con mi tutora en la cafetería de la facultad. A todo esto, mi madre estaba desayunando conmigo, mientras esperábamos al único amigo de la carrera al que me atreví a llamar para que me acompañara.

A las 10:00 empezó la presentación. En ese momento, el año (casi año y medio) de trabajo, las noches en las que después de una tarde larga en la oficina tocaba seguir trabajando en casa, las discusiones, las idas y venidas en los requisitos, los viajes a última hora a la facultad para cerrar algo YA MISMO y, sobre todo, los nervios desaparecieron. En ese momento me convertí en una comercial que vendía su producto.

Y les gustó. Estaba tan cansada de trabajar en lo mismo todos los días durante tanto tiempo…que no lo valoré hasta que otros sí lo valoraron.

Tras unos 45 minutos de defensa, me pidieron que saliera para que el tribunal pudiera deliberar mi nota. Aquello era digno de Got Talent, según mi compañero.

Al rato vino el presidente del tribunal a buscarme y, al entrar de nuevo en la sala, me comunicaron que tenía un 10 y me entregaron mi acta sellada, finalizando con la frase: “enhorabuena, ya eres ingeniera”.

Y mi respuesta fue: “¡qué rápido!”

Y es que después de 5 años en la facultad, y uno de ellos invertido íntegramente en sacar adelante este proyecto, estoy tan loca de decir que ha sido rápido. ¿En serio? Con la de fines de semana que habré pasado metida en la biblioteca, que cuando yo volvía a casa, muerta de sueño, ¡la gente empezaba a salir!

A las 10 entré a una sala como estudiante y a las 11 salí como graduada. Eso fue lo rápido. Que tanto esfuerzo de tanto tiempo se zanje en a penas una hora.

Mi compañero y mi tutora, que ya habían asimilado la información, estaban felices. Me abrazaban y decían cosas como “te vas por la puerta grande”.

Y yo ni me daba cuenta. Solo guardaba el papel del acta como oro en paño.

Luego vinieron mis padres, los abrazos, las fotos, las llamadas de familiares a los que ya se había chivado mi madre, la llamada de mi novio y, al llegar al trabajo, aplausos. Aplausos y vino, vino y dulces. Y en casa una cena riquísima y especial de celebración. Todo el mundo estaba feliz.

Y yo…

Yo todavía veo a algunas chicas en el tren cargando carpetas y pienso: este finde tengo que hacer…

Nada. Este finde no tengo que hacer nada. Ni ahora ni vete a saber hasta cuando. Mi tiempo es mío. Ya no volveré a sentir la mosca detrás de la oreja diciendo “deberías estar estudiando”. Ni llegará el lunes y me encontraré con correos en la carpeta “Proyecto”.

Y en lugar de estar feliz, me siento en stand by. ¿Cómo se hace, después de toda una vida de estudiando, para dar el salto al mundo profesional?

Mi tutora me decía que me quedara tranquila, que al menos yo tenía trabajo, y que la transición no iba a ser tan dura como para otros estudiantes, pero aún así creo que comienza una etapa de adaptación un tanto extraña.

Por suerte, como loca de la organización que soy, cada vez que se me ocurría algo que quería hacer y no podía porque tenía que estudiar, lo iba apuntando, así que ahora es el momento de sacar esa lista y, con calma, empezar de nuevo.

M.

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