Amiga mía.

Hace dos meses, un viernes sobre las 9 de la mañana, bajé a mi coche con una caja de cartón y varios periódicos. Abrigada hasta arriba, empapelé todo el asiento de atrás y puse la caja encima. Al rato salimos mi novio, mi madre y yo en busca de nuestra nueva amiga.

Yo estaba muy nerviosa, lo reconozco. Nunca me gustaron mucho los animales y estaba a pocas horas de empezar a convivir con uno.

El camino a su casa fue rápido. “Mi perrita” nació en un pueblo pequeño a las afueras, al lado de una carretera rodeada de verde que, con el invierno tan húmedo que hemos tenido, se daba un aire a la campiña inglesa que tanto me vuelve loca (o igual es que ya veo Inglaterra por todos lados).

Mi temor más humano y egoísta era que la pobre perrita, de apenas unos 3 meses, se asustara con nosotros y me dejara el coche perdido, pero nada más lejos de la realidad. Cuando llegamos a la casa en la que vivía con su madre, hermano y la “familia humana” que la había visto nacer, se acercó a tímidamente a olisquearnos. Mi novio la cogió en brazos, le puso una mantita…y ya está. Ahí se quedó tan a gusto, ignorando por completo lo que estaba a punto de pasarle. Qué queréis que os diga, a mí me daba un no sé qué separarla de su familia…

Su mamá humana estaba muy emocionada, nos dio algunos consejos para los primeros días y nos fuimos. Mi perrita estuvo sentada dentro de su caja de cartón todo el viaje, mi novio iba a su lado haciéndole mimitos para que estuviera tranquila, pero tampoco le hacían mucha falta y mi miedo ya era otro: “¿y si es muda? ¿no debería estar ladrando? Su primer viaje en coche, ¡y con extraños!”

Al llegar a nuestro barrio, la llevamos al veterinario para que le hiciera un primer chequeo. Ella no había salido nunca de esa casa, así que no estaba vacunada, ni tenía chip ni ninguna de las formalidades perrunas que hasta el momento yo desconocía.

Nos dijeron que al tratarse de su primer día con nosotros, no iban a empezar con la vacunación, ya que era importante que primero se adaptara a su nuevo hogar y a sus “nuevos humanos”. Al parecer, estas situaciones pueden generar ansiedad en los perros. Otro tema que desconocía por completo.

El día fue bien. Llegó a casa, le gustó la camita que le habíamos comprado, durmió en ella, comió de su comedero, hizo sus cositas en el empapador (otro gran desconocido) y recibió mimos de todo el que quiso dárselos. Seguía sin hacer un ápice de ruido y yo seguía creyendo que la pobre era muda…hasta que nos fuimos a dormir.

No me quiero imaginar lo que fue para mi perrita esa primera noche. Nosotros tuvimos claro desde un primer momento que la perra no compartiría habitación con nadie. Durante el día podría acceder a la casa, pero por la noche debía reinar la intimidad. El caso es que la dejamos con su camita en la cocina…y empezó a ladrar, a aullar, a llorar. Por un lado me tranquilicé, mi perrita no era muda, pero era el primer momento de su vida en el que estaba sola. Desde que había nacido dormía con sus hermanos y su madre, o incluso en la cama de sus primeros humanos. Estuvo llorando durante hora y media, más o menos. Todos los consejos que nos habían dado eran del estilo: “Si llora, no vayas, no le hagas caso. No la consueles o no se acostumbrará a estar sola”. La verdad es que era difícil seguirlos, un animalito tan pequeño (en edad y tamaño), asustado en una situación desconocida para ella…

Pero la primera noche pasó, la segunda mejoró bastante…y desde entonces, duerme del tirón. Cuando llega su hora, aunque estemos el resto levantados, ella misma se va a su cama.

Poco a poco empezaron las vacunas, el chip, los paseos, las peleas por asignar quién se encarga de cada cosa de ella, las dudas de si le echamos bronca o no por hacer pis o caca en casa, los premios por hacerlo en la calle, la sociabilización con otros perros…

No os voy a mentir, tener un perro no es algo fácil. Se trata de una responsabilidad muy grande porque no sólo abarca sus cuidados básicos (comida, aseo, salud…) sino también ser conscientes de que su felicidad depende de nosotros.

Yo todavía estoy aprendiendo. Como os decía, hasta hace nada no me gustaban los animales. De hecho, creo que todavía tampoco, que sólo me gusta ella, porque la felicidad que me transmite pasearla, hacerle mimitos o verla jugar es algo tan puro…¡casi como la felicidad de cuando eres niño!

Y vosotros, ¿tenéis animales? ¿Queréis que os cuente un poco más sobre mi experiencia perruna?

M.

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