Lo bueno (y lo malo) de irse de vacaciones.

La vuelta de las vacaciones hay que tomársela con filosofía. En una misma carretera, tu coche se cruza con otros cientos que van en sentido contrario, en busca de las vacaciones que para ti ya han terminado. ¡Es ley de vida!

Y qué decir de la vuelta al trabajo, ¡o a los estudios! Por suerte de esto último ya me he librado, pero no de las llamadas a la aseguradora porque me han subido la póliza y no entiendo por qué, ni de las quejas por una compra online que salió mal, del backup del móvil que tengo que hacer antes de enviarlo a reparar o de buscar esta misma entrada, que desapareció de mi cola de programadas esta mañana.

Y a pesar de estar tan líada con tan desagradables menesteres, he decidido que esta semana no tocaba tirar de borradores porque me apetecía contaros mis vacaciones. Contaros lo bueno y lo malo, porque seamos realistas, ¿alguien vive el verano de Estrella Damm? ¿O el verano de una instagramer?

Así que primero que nada, os pongo en situación. Mi pareja y yo reservamos diez días para este viaje que empezaríamos en Almagro, celebrando el cumpleaños de mis suegros (todavía no me acostumbro a usar esta palabra) y terminaríamos en Valencia disfrutando de la playita y lo que surgiera. ¡Y hasta ahí llegaban los planes! Así que el viernes, D saldría del trabajo en León y pasaría a buscarme pero…

El jefe inoportuno

A las 14:30, cuando estaba apagando el ordenador, apareció su jefe. “¿Tienes un momento?” 

¿Soy la única que se pregunta dónde tienen los jefes ese radar especial para detectar que tienes prisa y estropearte el plan?

“Sí, pero 5 minutos, que me voy de viaje” – contestó D.

A las cinco de la tarde me llamó para decirme que acababa de coger el coche y, según el planning inicial, tenía que estar apareciendo por mi puerta a las siete. Imposible que llegara. Así que con un cabreo importante, empecé a pensar en qué podía hacer para ocupar mi tiempo cuando saliera de la oficina, ya que me quedarían tranquilamente un par de horas al sol y con la maleta a cuestas. Por suerte, una compañera del trabajo me ofreció que la acompañara a tomar algo con su novio y su familia. ¡Lo pasé super bien! La verdad es que es bonito conocer un poco más a nuestros compañeros y ver cómo son con los suyos, al fin y al cabo, pasamos con ellos más tiempo al día que con nuestros seres queridos.

El camino de cabras

Como imaginaba, un par de horas más tarde apareció D. Mi compañera J ya había calmado mis malos humos con buenas palabras y claras con limón, así que cuando le vi, opté por hacer lo mismo de siempre: morirme de amor.

Subí rápido al coche y, “a lo loco”, decidimos desactivar la opción de Evitar Peajes del Maps. Íbamos a llegar muy tarde, pero al menos había que intentar no quedar TAN mal. Aún así, no conseguíamos que el tiempo estimado de viaje bajara de las 3 horas.

El primer tramo, por la autopista, fue muy agradable. No había casi nadie, caía el atardecer, el CD que había llevado estaba siendo un éxito…Pero a medida que se fue haciendo de noche, como si de una película se tratase, nos fuimos adentrando en pequeñas carreteras, pedanías y caminos de tierra o, como D les llama “caminos de cabras”. Así que en un pequeño carril de doble sentido, de una carretera repleta de curvas, de noche y en la montaña de Ciudad Real fuimos pasito a pasito (suave suavesito) acercándonos hacia destino. Sobra decir que no había iluminación y que lo único que veíamos era lo poco que el coche alumbraba.

Contra todo pronóstico y por arte de magia, dimos (o mejor dicho, D dió) con la finca en la que nos esperaban todos. Algunos dormidos, otros despiertos…el caso es que la fiesta de cumpleaños ya se había celebrado hacía rato.

La casa abandonada

Nos habíamos perdido la fiesta de cumpleaños, ¡pero no los cotilleos! 12:30 am y una de las tías de D estaba discutiendo con la recepcionista del hotel rural.

  • “Estamos en plena ola de calor y no funcionan los aires acondicionados en las habitaciones”
  • “Somos 35 personas y no funciona el lavavajillas”
  • “Las camas supletorias son para menores de 10 años y eso no se especificaba en la web”

Y un sinfín de observaciones más, que la pobre mujer respondía con un “no sé lo que te vendieron, pero yo soy solo una mandada”.

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La casa era enooorme y “muy rural”.

El oasis en medio del desierto

Por suerte, el sábado por la mañana, después de descansar fresquitos (¡a nosotros nos funcionaba el aire! 😉 ), desayunar como campeones, saludar a más familia y más amigos y asustarnos al ver por la ventana el camino que habíamos recorrido en coche la noche anterior, descubrimos que, bajando por otro camino de cabras, la finca disponía de una piscina frente al lago. Sí, ¡había un lago! ¡Y tenía canoas!

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Cuando digo desierto me refiero a esto. Perdonadme, soy del norte.

Creo que no llegamos a bajar los 35 pero casi. ¡Qué bonito! Las familias grandes son muy divertidas y ruidosas. A D a veces le agobia, pero a mí, acostumbrada a mi núcleo familiar de 4-6, me parece algo muy festivo. Quizás en reuniones tan grandes no llegues a profundizar ningún tema con nadie, pero hablas un poquito de todo con todos. Además me encanta ver cómo D se relaciona con los suyos, creo que aprendo mucho más de él.

Al caer la tarde nos acercamos a Almagro que, para sorpresa de todos, ¡estaba a más de una hora de la casa! Pero no nos quedaba otra que ir, teníamos entradas para el teatro.

Oops, ¡esto se está haciendo muy largo! La semana que viene os cuento qué vimos y cómo siguió la aventura 😉

¡Disfrutad del finde!

M.

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