Hacerse mayor.

La semana pasada fue mi cumpleaños y, probablemente, haya sido de los más raros que he tenido. Puede que fuera porque por circunstancias familiares y laborales, mis padres no pudieron estar conmigo. O porque llevaba apenas dos días en mi nuevo trabajo. O porque durante todo el mes anterior viví una vorágine de acontecimientos entre el que destaca el estar a cargo de mi casa en un montón de situaciones complicadas.

¿Y sabéis que descubrí? Que se puede con todo. No importa lo que venga, sino que tengas la energía (y la actitud) necesarias para tirar para adelante. Eso sí, no me preguntéis de dónde saqué la energía y mucho menos, la actitud.

Si nos remontamos a comienzos de septiembre, creo que os conté que mis padres viajaban a Argentina, por lo que mi hermana (adolescente), mi perra y yo, nos quedábamos solas unos días. Pues ya la primera tarde, la perra se nos puso mala. ¿Cómo haces para entender qué le pasa a un perro? Es desesperante y, todavía más lo es llevarla al veterinario y que te cobren una barbaridad por todo. De hecho, mis teorías conspiranoicas me dicen que los veterinarios le ponen algo a tu perro en cada visita para que no tardes demasiado en volver, pero bueno, no me hagáis caso…

Cuando solventamos la crisis canina (170 euros después), se me ocurrió la genial idea de ponerme a hacer entrevistas y, en menos de una semana, me ofrecieron dos trabajos super interesantes. Cuando por fín me decidí, mis jefes no se lo tomaron muy bien y empezó la etapa de estar las dos semanas de preaviso sin hacer demasiado y sintiendo que ya no eres de allí pero que vas a echarlo todo de menos.

De todas formas, eso no me duró mucho. Mi suegra, que estaba de vacaciones, enfermó en el extranjero y tuvo que operarse de urgencia. Tuve que ver como mi novio viajaba preparado para lo peor y, el día que la operaron, mi abuela tuvo un accidente en su casa (¡en Argentina!) y acabó en urgencias también. Por suerte, a día de hoy, ambas están bien. 

Como mi abuela misma diría, “gracias a Dios” mi madre todavía estaba allí cuando esto pasó, por lo que tuvo que retrasar su vuelta otra semana más. Mi padre ya estaba en casa en ese momento, pero con una gripe terrible y con jet lag infinito.

Mientras tanto, mi hermana estudiando y saliendo, saliendo y estudiando. Y yo poniendo lavadoras, cocinando, quedando con mi novio, que seguía en shock después de lo de su madre y, por si fuera poco, firmando una liquidación con lágrimas en los ojos y un nuevo contrato el mismo día. Es “gracioso” porque desde entonces, todos los días sueño o que es mi primer día en mi nueva empresa, o mi último día en la anterior…¡y todos los días cambio un poco la historia! Soy súper creativa…

El caso es que ese último viernes salí, me subí al coche y empecé a tirar kilómetros sin saber muy bien a dónde ir. Si celebrar algo, si llorar, si volver a casa y hacer como si nada…Al final decidí irme a tomar algo en silencio, mientras leía mensajes de despedida.

Ah, y ese finde, la que acabó en urgencias fui yo. ¿Véis por dónde voy? ¿Quién va a pensar en su cumpleaños con este panorama?

Así que cuando llegó el día, rebusqué en los cajones y encontré la coronita “de plata” que me regalaron el año pasado, me la puse y me fui a cenar con mi novio y mi hermana. Lo pasamos muy bien y esa noche dormí en la mejor de las compañías. Creo que fue el mejor regalo de cumpleaños, su compañía entre mis sábanas.

M.

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