Una sorpresa “de muerte”.

¿Sabéis esa típica frase de madre de: “por fin me siento”? ¡Pues hoy la entiendo a la perfección! Desde que empecé en mi nuevo trabajo no he tenido tiempo para nada, los días han empezado a volar y un montón de frentes abiertos personales también (nada malo, pero todo agotador). Por suerte, la semana pasada se me ocurrió la idea de salirme de la rutina.

Aprovechando que el interminable anticiclón todavía sobrevolaba la Península, decidí darle a mi novio la sorpresa de llevarle a la Sierra madrileña a respirar un poco de aire puro, hacer alguna ruta de senderismo y comer, comer mucho.

Obviamente para mí, y para cualquiera que no se haya criado en Madrid, el concepto de “la Sierra” es muy abstracto. Los “de provincias” vemos la Sierra como una especie de bosque en el que se asientan “los pijos de Madrid” (perdonad los topicazos), hasta que un día decidimos visitarla, y descubrimos que es un conjunto de pueblecitos situados en el Sistema Central. Así que me véis con Booking abierto y sin saber muy bien a dónde ir, ni cuánto gastar.

Finalmente me decidí por Miraflores de la Sierra y el Hotel La Muñequilla, ambos un acierto. Y sino mirad las fotos, que hablan por sí solas…

A simple vista parecía un plan tranquilo. El viernes después del trabajo fui a buscar a mi novio. Él sólo sabía que tenía que meter un par de mudas en la mochila y, para más despiste, le dije que se trajera un bañador, sudadera, abrigo, pasaporte (jeje, con esto fui mala)…vamos, ¡un poco de todo!

Llegamos al pueblo a la hora perfecta para cenar, comimos unas hamburguesas muy ricas en el hotel y nos llevamos la sorpresa de tener unas vistas a la montaña preciosas desde la habitación. Al día siguiente recorrimos las calles de Miraflores, que estaban a rebosar de gente, seguimos comiendo (15 euros el menú por persona en un restaurante de la plaza, no recuerdo el nombre) y ya por la tarde fue cuando se nos fue la pinza. Decidimos hacer la ruta a pie más sencilla que encontramos. El Sendero Local 03. Una ruta circular que empieza en el Área Recreativa de la Fuente del Cura y termina en el centro del pueblo. Dos horas de duración y sin demasiado desnivel, era el plan perfecto para terminar el sábado. Hasta que tomé la decisión equivocada. Desde mi punto de vista, el sendero estaba muy mal señalizado (qué voy a decir) y, llegamos a un punto en el que dije: “por aquí a la derecha, como indica la flechita”. Y mi novio dijo, muy sabiamente: “es a la izquierda”. Y no le creí. Error.

Terminamos en un camino pegado a la carretera. En mi hoja de ruta, esto era correcto, pero yendo “hacia la derecha”, llegamos a dicho camino 4 km antes de lo debido. Estaba empezando a oscurecer, así que tuve otra brillante idea: sigamos por aquí, porque deshaciendo lo andado se nos hace de noche en la montaña.

¡Pues ahí nos tenéis! Perdidos, andando los 40 minutos que quedaban para llegar al pueblo mientras oscurecía: sin linternas, ni nada reflectante y con un “culín” de agua. La verdad es que pasamos miedo pero, en ese sentido, mi pareja estuvo ahí para ayudarme y poner algo de “mente fría” al asunto. Por suerte, cuando se hizo de noche cerrada, ya estábamos en el pueblo: agotados, con el susto en la garganta y un montón de plantas enganchadas en los cordones de los zapatos.

¡Creo que una ducha nunca me sentó tan bien como la de ese día! Y hablando de duchas…al final de la aventura, me confiesa mi chico que él pensaba ¡que la sorpresa era ir a un spa! ¡Pobrecito mío!

M.

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