Una mudanza, una serie y la noticia que me cambió el chip.

Hace un rato me preparé un té, para variar, y me senté delante del ordenador acompañada por la tranquilidad y el silencio de mi casa vacía. Tenía toda la intención de planear mis vacaciones de Semana Santa (sí, lo sé, voy justa de tiempo)…pero entonces abrí WordPress y aquí me tenéis.

Ya es una tradición en mi blog encontrarse con estas entradas de títulos tan largos siempre que tardo un tiempo en publicar, así que poneros cómodos que empiezo:

La semana pasada por fin me mudé. Debo decir que después de tantos meses de espera desde que pagas la señal del piso, se hacen efectivos los papeles de la hipoteca, se gestiona la fecha de compraventa, te dan las llaves, vienen a pintar, aprovechas para ir haciendo limpia, compras muebles y vas trayendo cosas, el día de la mudanza, como tal, se pasa rapidísimo. Para objetos pequeños y ropa, nos apañamos trayendo todo en el coche (en muchos, muuuuchos viajes), pero para los muebles contratamos una empresa de mudanzas. Llegaron puntuales y, en una hora, nuestra (antigua) casa se había esfumado.

Ese día, mi hermana y yo nos quedamos con la perrita esperando en el piso viejo a que estuviera todo instalado en el nuevo (con ella en medio de un sitio que no conocía bien iba a ser más complicado). Al par de horas fueron mis padres a recogernos y, desde entonces, no volví. Sé que suena ridículo, pero siempre me he “despedido de mis casas” pero en esta ocasión, tenía tan interiorizado que me iba que creo que no me hizo falta. En un principio pensé en volver para recoger unas cajas que me quedaban, pero mi padre se ofreció a traerlas y acepté sin más. Unos días atrás había hecho fotos de mi habitación, antes de que empezáramos a quitar cosas, así que creo que con eso fue suficiente. Ocho años en un hogar son muchos años, pero si te vas a un lugar mejor, cuesta menos.

Aún así, la primera semana fue complicada. Hay que acostumbrarse al nuevo espacio y que haya cajas por todas partes no ayuda. Además, nos dimos de bruces con una realidad: en una casa recién pintada y con tanta luz, nuestras cosas lucían antiguas, muy usadas.

Subí algunas de ellas a Wallapop y nos hicimos una visita express a Ikea para renovar (aún más) nuestro hogar.

Como todos sabréis, ir a Ikea nos hace conocer lo más profundo de nosotros mismos. Es una prueba de resistencia, convivencia y tolerancia en toda regla. A uno le gusta una cosa, a otro le gusta otra, hay mucha gente por todas partes, el espacio es laberíntico, al montar el mueble sobran tornillos…

Pero todas esas peleas y frustraciones con el bricolaje y la decoración se convirtieron en una tontería cuando nos enteramos de que un vecino del edificio que acabábamos de dejar, estaba a la espera de un resultado médico que pintaba bastante mal. Un hombre joven, con dos hijas pequeñas, su hipoteca a medio pagar y en una casa en la que sólo entra un sueldo. La situación no podía ser más triste, la verdad.

Oímos todos los días en los medios, a amigos, compañeros o familiares hablar de enfermedades que se llevan a seres queridos, pero yo nunca lo había vivido tan de cerca. Un vecino al que conocía “de toda la vida” y con el que teníamos bastante trato. La verdad es que nada estaba dicho, pero sus síntomas y las palabras de los médicos no parecían muy alentadoras. Me pasé toda la semana pensando en ello, en que él probablemente nunca se había imaginado en esa situación, pero ahí estaba. Y ahí podemos estar todos.

La salud es nuestro bien más preciado y parece que no nos damos cuenta. No os podría decir la de veces que le he dicho a mi novio que le quería durante esta semana, ni lo que he disfrutado de cosas tan simples como tomarme el café con mis compañeros de trabajo, meterme en la cama calentita por la noche o pasear a mi perra. Podemos ser felices con TAN poco, que no merece la pena discutir y cabrearse por unos muebles de Ikea, o por si los de la mudanza se cargaron nuestra lavadora (sí, hubo que comprar otra jeje) y ni mucho menos perder el tiempo en estresarse por trabajo o cosas que no salen como queremos.

Por suerte, los resultados de las pruebas de mi vecino fueron más esperanzadores de lo que parecían en un primer momento y por eso mismo me temo que todo esto que os cuento se me olvide más pronto que tarde, así que por eso lo escribo, para venir a esta entrada siempre que necesite una cura de realidad.

Como ya me estoy pasando de escritora (por la cantidad de palabras) y de intensa (por el contenido de las mismas), os cuento que me he enganchado seriamente a Outlander. Creo que ya lo he contado, pero sigo en la búsqueda de gente con la que hablar horas sobre esta serie, porque me da que mi novio va a explotar jajaj. Ayer terminamos la temporada 2, ¿alguien más que la haya visto?

Y por cierto, ¿alguna idea para las vacaciones de semana santa? ¿Norte? ¿Sur? ¿Qué me recomendáis?

¡Pasad buena semana!

M.

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