Mi amiga Camila.

Lo confieso: me ha costado un montón volver a sentarme a escribir. Esto es como todo, cuanto más lo practiques, más fácil se vuelve, pero como lo dejes…

Así que aquí estoy, con algo de sueño y calor, escribiendo de nuevo un sábado por la mañana.

En un primer momento, pensé en hablar sobre todo lo que había hecho durante mi ausencia, pero finalmente me he decantado por contaros la historia, o mejor dicho, mi historia con la persona que me ha marcado estos meses: mi amiga Camila.

Camila y yo nos conocimos en el colegio, con 3 años, si no me equivoco. A mí me encantaba ir a jugar a su casa después de clase, porque tenía los mejores juguetes del mundo: ¡muchas Barbies y un avión para  llevarlas a todas de viaje! Junto con otra compañera, éramos inseparables. Juntas en los cumples, en el recreo, jugando en el parque, acompañando a nuestras madres a hacer recados o tomar un café…

Cuando cumplí los 7, dejé Buenos Aires para emprender la nueva aventura española de mis padres, o mejor dicho, para dejar atrás las complicaciones de un país que económicamente no tenía solución.

En España hice amigos nuevos, fui a un cole desde el que se veía el mar (maravilloso, ¿verdad?) y, con el tiempo, me adapté.

Desde que me fui hasta ahora han pasado 16 años, en los cuales nunca volví a la tierra que me vio nacer, ni me hizo falta.

Hace unos meses, mirando los stories de Instagram, vi que Camila estaba en España. No me lo podía creer. Le escribí y quedamos en que cuando tuviéramos tiempo, nos veríamos. Ella estaba en San Sebastián, yo en Madrid. Así que casi seis meses después de esa conversación, puse rumbo a Euskadi.

Nuestro encuentro fue extraño. Nosotras habíamos mantenido el contacto durante la adolescencia, así que realmente sin hablar llevábamos menos de 16 años, pero aún así era como conocer a un amigo de Internet, con el que no tienes referencia física de su cuerpo (si es alto, bajito, delgado, gordo, ¿lleva gafas?) ni de su voz. La diferencia era que nosotras compartíamos un pasado en común, el pasado más importante de todos: la infancia. Y sin comerlo ni beberlo, a base de recuerdos y de ver que éramos muy parecidas, conecté con esa época. Hasta recuperé un poco de acento.

Camila es luz. Es una mujer tranquila, risueña, que a todo dice que sí (salvo al salmorejo, porque como yo, no entiende que las “sopas de verduras” se tomen frías jaja). Camila es inteligente, le gusta disfrutar de los viajes, de conocer gente, de la arquitectura de cada sitio al que va y, sobre todo, Camila es mi amiga, con mayúsculas. Y muy pocas veces me oiréis decir eso de alguien.

En estos días me ha enseñado que no soy tan rara como siempre he pensado, simplemente soy de otro país y, por tanto, llevo su cultura en mi sangre y pensamiento. También en la gastronomía, en las series que veía de pequeña, en los juguetes que aquí no hay, en la forma de entender la familia… En España y Argentina hablamos el mismo idioma, pero somos muy distintos, y creo que nunca me di cuenta de ello como ahora.

Camila se fue ayer de vuelta a Buenos Aires, en el día del amigo, casualidades de la vida. La dejé en el aeropuerto entre lágrimas, pero convencida de que nos volveremos a ver.

M.

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