Cómo afronté una cirugía (parte I).

Estamos en septiembre y “lo que toca” son posts acerca de la vuelta a la rutina, a la organización, al trabajo y a los buenos propósitos que hemos olvidado desde enero.

Pero a veces la vida nos supera y nos saca de lo planeado, como a mí esta semana, en la que de la noche a la mañana, me encontré con una infección en una muela del juicio y, la semana que viene, me veré sin muela directamente.

Lo sé, lo sé, a todos nos quitan una muela alguna vez, no es para tanto, pero este episiodio, tan doloroso y molesto, me ha recordado a mi primera operación, así que me ha parecido el momento perfecto para compartir esta experiencia con vosotros desde un punto de vista distinto al que podemos encontrar en los típicos foros de los que salimos espantados. Lo único que aviso es que contaré algunos detalles de mi patología, para que si alguien está pasando por lo mismo, encuentre aquí una experiencia más sobre el tema.

Yo pasé por quirófano por primera vez hace 5 años. Todo empezó con un picor fuerte en la zona del hueso sacro. Con un espejo, miré a ver si tenía algo y me encontré con un granito un poco raro, más grande de lo normal y con un punto en el centro. Recuerdo que se lo enseñé a mi madre y ella, que al momento se dio cuenta de lo que era, vio mi cara de asustada y me dijo: tranquila, será algún hongo, vamos al médico a que te de una crema.

Por aquel entonces yo tenía una doctora maravillosa, no solo por sus conocimientos, sino por su gran calidad humana. También vio mi cara de susto y me explicó que lo que tenía era una fístula: un pequeño conducto que conectaba con otra parte de mi cuerpo y del que estaba saliendo algo: pelo, pus, sangre…Por la zona en la que se encontraba y por sus características, tenía pinta de ser un sinus pilonidal, es decir, un quiste de pelo. La única solución era la cirugía.

Los que me conozcáis un poco, sabréis que tengo mucho miedo a las agujas, así que imaginaros el susto que me entró al oir hablar de una operación. La doctora me explicó que se trataba de un procedimiento ambulatorio, que se realizaba con anestesia local y que consistía en eliminar ese quiste de pelo que estaba tratando de salir. La única complicación que presentaba esto era que por la zona en la que estaba, era necesario dejar la herida abierta, para que fuera regenerándose la carne desde dentro. Si lo cosían, corría el riesgo de que quedara hueco.

Salí de la consulta llorando y empezaron unos días de mucha angustia hasta que me llamó el cirujano para la primera consulta. Allí de nuevo me exploraron y me explicaron más en profundidad en qué consistía el procedimiento.

Seré sincera, ese cirujano no me gustó. El hombre parecía cansado de verme asustada y quería espabilarme, pero esa no era la forma de tratar a una paciente como yo.

Una semana después me llamaron para citarme para el pre-quirúrgico: ¡en 6 meses! ¡Cuando era algo urgente! Así que me ofrecieron ir a otro hospital de la Comunidad de Madrid en el que había cita para el próximo mes: el Carlos III (os sonará porque allí trataron a los dos casos de ébola que tuvimos en España).

Cambiar al Carlos III fue la mejor decisión que tomamos en este proceso. Y digo tomamos porque mi familia formó parte de este proceso casi más que yo. Yo era sólo una niña asustada y necesitaba que ellos pensaran por mí, me guiaran y ayudaran a tomar las mejores decisiones. El día del pre-quirúrgico tuve cita primero con la anestesista, a la que le expliqué que tenía mucho miedo y que necesitaba estar dormida durante la operación. Me comentó que dada la simplicidad del procedimiento, no iban a ponerme anestesia general porque era un riesgo innecesario, pero que sí podían sedarme para que no me enterara. Además, me dieron una pastilla de un relajante muscular para tomar el día de la operación, así iría más relajada ya de casa.

Al salir de la anestesista, me tocó hacerme un análisis de sangre. De nuevo, los nervios a flor de piel, ese miedo intenso a las agujas. Por  suerte, me trataron muy bien otra vez: una enfermera mayor, de estas que son adorables, me llevó a una camilla que tenían al lado de una ventana, corrió la cortina para que no viera al resto de gente y me dejó que me pusiera a escuchar música. ¿Me molestó el pinchazo? Sí. ¿Me mareé? También, pero con el aire que entraba por la ventana y el cariño de esa enfermera, se me hizo todo más llevadero.

Al salir de ahí, recuerdo que me fui a desayunar con mis padres, había que hacer tiempo hasta que estuvieran los resultados y tuviéramos la cita con el cirujano. También recuerdo perfectamente el bar en el que nos sentamos, y que después fuimos al centro comercial La Vaguada y entramos en el Disney Store (ya os avisé de que era una niña).

Al volver ya estaba más tranquila. El nuevo cirujano me dijo que mis analíticas estaban bien, me exploró y, sobre el papel, me hizo un esquema de lo que tenía y cómo lo iba a resolver. Me preguntó si lo tenía todo claro, sacó la agenda y me dijo: aquí los sinus se operan los viernes, así que tenemos estas fechas.

Dentro de lo que permitía la urgencia, cogí la fecha más tardía que pude, para que no afectara a mis exámenes de la Universidad. Tened en cuenta que en cuanto hacéis el pre-quirúrgico, la operación suele tener un plazo de un mes desde esa fecha aproximadamente, sino habría que repetir los análisis.

Así que salí del hospital con una cita para 20 días después.

Y llegados a este punto, creo que es mejor dosificar el post, para que no se haga tan pesado. En la próxima entrega, hablaré del día de la cirugía y, sobre todo, del post-operatorio.

Contadme, ¿alguno por aquí os habéis operado de un sinus? ¿y qué me decís de las muelas del juicio? ¿os dan tanto miedo los médicos y sus herramientas como a mí? jeje

M.

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