Cómo afronté una cirugía (parte II).

Los que me sigáis por Instagram, sabréis que por fin me han quitado la muela y que estoy muy contenta. El dolor de la infección era mucho peor que el de recuperación que estoy teniendo, así que nada, como dice mi madre “¡una cosa menos!”.

Sin embargo, lo que nos trae hoy aquí es la última parte de mi historia hospitalaria de la semana pasada. Lo sé, lo sé, es un tema un poco oscuro quizás, pero me parece increíble no haber escrito sobre esto antes y siento que es una buena forma de dejarlo documentado para cuando se me olvide del todo (si es que eso ocurre).

Vamos allá:

Nos habíamos quedado en el día del prequirúrgico, así que toca el turno de hablar de la espera hasta el día de la cirugía. Esta parte sin duda es la peor, tratas de hacer vida normal, porque total “falta mucho”, pero entre los nervios y las investigaciones que empiezas a hacer (foros y más foros tremendistas) casi no duermes. O al menos, así lo viví yo. Por suerte, todo esto pasó hacia finales del segundo cuatrimestre de la uni, así que tenía mucho trabajo con el que entretenerme y no darle tantas vueltas a la cabeza.

No sé de dónde saqué las fuerzas para adelantar todos los trabajos y exámenes que pude (y aprobarlos) para no estar preocupada después de la cirugía. Como os comenté en el post anterior, me iban a dejar la herida abierta en la zona del sacro, con lo cual el tema de ir a hacer exámenes o ponerse a estudiar sentada iba a estar muy complicado después. El último trabajo lo entregué un día antes de la operación.

Al día siguiente, mi madre me despertó sobre las 7 de la mañana y me preparó un croissant al horno con jamón y queso y un Cola-Cao. Estaba todo buenísimo y era importante que lo comiera porque hasta la cena ya no podría tomar nada. Para terminar mi rico desayuno, me tomé el relajante muscular que me habían dado en el hospital y dormí hasta la hora de la operación. Mis padres me llevaron en coche. Todavía recuerdo la ropa que llevaba puesta y que tenía el pelo mojado porque me había duchado justo antes de salir (te piden que te duches y que no te eches cremas, ni perfumes ni te pongas joya alguna).

Subimos a la última planta del Carlos III, donde estaban los quirófanos, di mi nombre y vino a buscarme una celadora. A partir de ese punto te tienes que separar de tus acompañantes. Me metieron en una especie de probador en el que tenía que quitarme la ropa y ponerme la típica bata de hospital de color verde azulado. Me llevaron a una camilla y me pusieron la vía intravenosa con un tranquilizante.

La verdad es que no sé si fue efecto del tranquilizante, o del hecho de estar ya in situ o, quizás la absoluta cotidaneidad del lugar (enfermeras preguntándose qué iban a hacer el fin de semana, un par de anestesistas preguntándose una dosis, un médico apurando un tupper…), pero en ese momento me tranquilicé. Al rato vinieron a afeitarme la zona de la operación, al parecer, aunque casi no tengas pelo lo hacen igual para evitar posibles infecciones o molestias. Después ya me llevaron al quirófano.

Aquí debo decir que los quirófanos no tienen absolutamente nada que ver con Anatomía de Grey. Esas salas oscuras con una pequeña luz apuntando al médico y otra al paciente, no no. Este quirófano era pura luz y blancura por los cuatro costados. Había un montón de gente, no los llegué a contar. La anestesista llegó y me puso algo en la vía mientras me preguntaba de dónde era, cuántos años llevaba en España y…ya no sé más. Me dormí.

Cuando desperté, recuerdo que pregunté si me habían puesto ya la anestesia. Unas enfermeras se rieron y me dijeron que ya había pasado todo. De nuevo, no recuerdo más hasta que me desperté ya en la habitación. Me estaban poniendo una bolsita de Paracetamol en la vía. Con la sorpresa de verme ya en una cama, le pregunté a la enfermera: ¿era muy grande? No supo decirme, no había estado en la cirugía. A los pocos minutos llegaron mis padres y el mejor tema de conversación que se me ocurrió para ese momento fue una práctica de la Universidad, ¡se notaba que me quedaba sedante todavía!

Al rato vino el cirujano a explicar a mi familia lo que habían hecho, lo que se habían encontrado y…sí, mi quiste fue grande. La herida había quedado abierta hasta el hueso. Yo en ese momento, con mi colocón de sedante y el Paracetamol fluyendo por la sangre, no me enteraba de nada y me parecía todo color de rosa, me repetía a mí misma “lo peor ya ha pasado”.

Ay, dulce M, qué equivocada estabas. Esa misma tarde volví a casa. A las pocas horas el efecto de los analgésicos empezó a evaporarse y, con ello, llegó la sensación de vacío. Donde antes había algo, ya no. Sentía como el aire pasaba por ahí, como se hundía hacia mí. Ese era un vacío pesado y, mezclado con la inflamación, sentía que la herida tenía el tamaño de un pomelo, un pomelo que se apretaba constantemente contra mí, un pomelo de hierro.

Tened en cuenta que mis únicas posturas cómodas para dormir eran de lado o boca abajo. Tras 2-3 días, de estar de lado, me empezaron a salir rozaduras en las rodillas. Pero esto no era lo peor, lo peor era no ducharse durante las primeras 48 horas, lo peor eran las curas, lo peor era que los antiinflamatorios y analgésicos no me calmaban lo suficiente. Me costaba andar porque sentía que esa piel en carne viva se rozaba…así que desde el centro de salud empezaron a enviar a un enfermero a mi casa, Bernardo.

Bernardo fue la salvación, me curó la herida durante todos los días de ese verano. Algunos de ellos con llantos, otros contándole mis problemas, y otros obligándome a caminar y a comer, para ayudarme a volver a la realidad y para dar a mi cuerpo los nutrientes necesarios para acelerar la regeneración de “mi vacío”.

Mi pareja por aquel entonces también me apoyó bastante durante esta primera etapa, venía todos los días a verme y me traía apuntes. Porque sí, me quedaban cuatro exámenes por hacer todavía. De nuevo, saqué la fuerza de algún escondrijo y empecé a estudiar. Me sentaba con varios cojines debajo, hacía paradas cada media hora, me levantaba, daba una pequeña vuelta…

Algunos profesores me dejaron utilizar sus sillas o algún cojín en el día del examen y, de nuevo, aprobé todo.

La herida tardó dos meses en cerrar. Fueron meses complicados, no sólo por el dolor o la incomodidad, sino por la parte psicológica también. En estas situaciones descubres quién está a tu lado, quién te apoya y quién no. Mis padres se desvivieron para cuidarme, mi hermana empezó a hacerme las curas los días que Bernardo no podía venir. Otro análisis importante que saqué de esto fue que todo con fuerza de voluntad se puede sacar adelante, o sino decidme cómo en esa situación pude estudiar y aprobar cuatro exámenes finales.

Qué queréis que os diga, una cirugía de este tipo es una faena, pero a mí me ayudó a conocer mis límites y a descubrir de quién estaba rodeada. Supuso una crisis importante, pero precisamente por eso siempre la recordaré como un momento clave en mi vida.

M.

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